miércoles, noviembre 26, 2008

Naruto

A mí me hubiera gustado ser más freak (leído tal cual) de lo que soy. No se me logró cuando era pequeñita porque viviendo en un pueblo de 10.000 habitantes, donde no había tiendas de discos y sólo una librería en condiciones, no es que el ambiente me fuera muy propicio. Pero en las circunstancias actuales, gracias a internet, al tiempo libre y a mi debilidad mental lo estoy consiguiendo.
Ahora bien, no me disipo. Estoy muy centrada en una frikada concreta: la serie de anime japonés Naruto, creada por un señor, que de la cabeza no de debe andar muy bien, cuyo nombre es Masashi Kishimoto.
Antes de ponerse en movimiento, Naruto era un manga, es decir, un cómic. Lo sigue siendo y, de hecho, la historia está más adelantada en el papel que en la pequeña pantalla.
La acción se sitúa en la Aldea Oculta de la Hoja (Konoha), una de las cinco villas ninja que se encargan de la protección de los cinco grandes países: del Fuego, del Viento, de la Roca, del Rayo y del Agua . Al inicio de la historia se cuenta cómo 12 años antes, uno de los nueve Bijuu -demonios con colas que aparecen en la mitología japonesa-, llamado Kyubi o Zorro de Nueve Colas, atacó la aldea.
El Cuarto Hokage (jefe del lugar por aquellos entonces), consiguió sellarlo con una técnica secreta en el cuerpo de un recién nacido: Naruto. En ese mismo instante, sin comerlo ni beberlo, el pequeño Narutín se convirtió en un jinchuuriki, contenedor de un Bijuu, con todo lo que eso trae consigo: la gente de tu aldea te tiene miedo porque te ven como a un monstruo y lo de hacer amigos se te pone un poco cuesta arriba; los villanos más malos del mundo mundial quieren extraer el Bijuu de tu cuerpo para contar con su sobrehumano poder y conquistar los cinco grandes países ninja; los ojos se te ponen rojos cuando te cabreas y te crecen las uñas de las manos que es cosa mala... Si a esto le añadimos que Naruto es huérfano, el dramón está servido. Pero hete aquí que el renacuajo es un tío simpático empeñado en convertirse en el ninja más grande de todos los tiempos y ser nombrado Hokage de su aldea. El chaval es un poco pesado, pero majo, y a base de tortas y mucho esfuerzo, se gradúa en la academia de su pueblo obteniendo el grado de genin e inicia su entrenamiento como ninja. Aquí arranca la historia de Naruto: sus relaciones con sus compañeros de equipo -Sasuke Uchiha y Sakura Haruno-, con sus maestros -Iruka, Kakashi, Jiraiya-, con los malos que no lo son tanto -Haku, Gaara-, con los malos que son malísimos -Orochimaru y la organización Akatsuki-; su lucha por hacerse cada vez más fuerte, la comprensión de su singular destino...

Me gusta la serie porque ocurren cosas absurdas (la peña vuela, lanza bolas de fuego o de chakra, conjura animales gigantes que hablan...), porque en el momento más inesperado y tenso se hace una broma, porque hay secundarios muy muy buenos (creo que mi favorito es Shikamaru) y, porque para ser un anime, los quecos no tienen las patas largas como cigüeñas, resultando las figuras un poquito más armoniosas. Pero, sobre todo, me sorprenden y atraen dos aspectos de las historias y personajes que se entrecruzan a lo largo de la serie:
1. Los malos siempre tienen una historia y se les permite contarla.
2. Los buenos lloran, dudan, hacen cosas mal, se equivocan y guardan un millón de secretos inconfesables.
3. El prota tenía todas las papeletas para convertirse en un cabrón con pintas: en su interior guarda un demonio de descomunal poder y está completamente sólo. ¿Por qué no se pasó al lado oscuro? Yo creo que por una cosita muy sencilla: sonríe y olvida lo que merece ser olvidado.

Bueno, como la serie me gusta tanto y estoy aprendiendo tantas tonterías gracias a ella, le dedicaré más de una entrada, centrándome en temas o personajes diferentes cada vez. De modo que esto es ya, en toda regla, una nueva categoría del blog. Me gustaría dedicársela a dos personitas: Gevaudan, que es un gran conocedor del lejano Oriente, y ArtDm, a quien le deben ir bastante estos temas. Espero que no os defraude.

sábado, noviembre 08, 2008

Mes de memacterión

ANTÍPATRO A TEOFRASTO,
Escolarca del Liceo, en Pela, mes de gorpiaios
(llamado en Atenas de boedromión),
año tercero de la olimpiada ciento catorce.

Aristóteles ha muerto.
El médico que lo vio agonizar escribió: "Vómito masivo de sangre roja. Sudoración fría. Palidez extrema. El corazón ya no habla en las venas. Falta de vida. Muerte inmediata".
[...] Mi amigo, tu maestro, me mandó nueve cartas, en forma de nueve libros, durante el último año de su vida.
La primera carta está fechada en Atenas, poco antes de su salida de la ciudad. Las otras ocho las escribió desde el exilio en la isla de Eubea. La última carta data de hace sólo tres meses [...] En las nueve cartas quedan fijadas sus últimas voluntades, veintiséis cláusulas y un inventario (referido a la biblioteca), y quedan escritos en ellas los recuerdos de su vida.
[...]Lee y verás que mi amigo, tu maestro, no era tan grave, ni tan distante, ni tan sujeto a método, ni tan extraño como algunos resabiados quieren presentarlo, sino un hombre compasivo, un hombre de curiosidad oceánica, brutal, un hombre pronto a la admiración y al asombro, un hombre de afectos profundos, un hombre de pasiones recias que sólo una voluntad de la misma potencia podía controlar, un hombre propenso a sufrir por aquéllos a los que amaba, no ajeno al humor y grande, muy grande en agradecimiento.
[...] Lee y verás su pasión por la verdad, su amor al saber, su agradecimiento y respeto hacia Platón. Verás que la búsqueda del conocimiento le hacía vivir y que "la vida filosófica", como él decía, le proporcionó quizá la más honda felicidad.
Verás que adimiraba todo lo admirable con esos ojos siempre abiertos e interrogantes, siempre asombrados ante la naturaleza y ante el hombre. Sentía una profunda reverencia por todo lo que hay de divino y de bello en los vivientes y en el alma humana. Verás su fascinación ante la más pequeña de las criaturas, tanto como ante los animales más grandes de la tierra y del mar. Admiraba con todo el poder de su inteligencia los meteoros espectaculares, y encontraba igual motivo de asombro en el más cotidiano de los fenómenos. Le invadía el entusiasmo ante la belleza de muchas de las obras humanas, construcciones o instituciones, labores o juegos, tragedias y comedias o conceptos, estatuas y pinturas o caricias...
MARCOS, Alfredo: El testamento de Aristóteles,
memorias desde el exilio,
págs 7-9, Edilesa, León, 2000.

Hace un año leí por primera vez este libro, que una compañera de trabajo me regaló cuando dejé el Instituto en el que empecé a trabajar para trasladarme a mi nuevo destino. Ahora que queda poco para comenzar la exposición de Aristóteles en las clases de 2º de Bachillerato, lo rescato para leerlo de nuevo.
Como muy bien le explica Antípatro a Teofrasto, se trata de una biografía. Y qué mejor momento para escribir la propia historia que cuando la parca está llamando a tu puerta. Partiendo de aquí, el autor elabora una novela histórica en la que se conjetura sobre las causas de la muerte de Alejandro Magno y sobre el papel de Aristóteles en los acontecimientos de la época. Pero antes que consejero, Aristóteles era filósofo, así que su refexión sobre su experiencia vital no podía trabarse más que desde la perspectiva de la búsqueda de conocimiento. Y como lo que uno quiere conocer es lo que es, y no lo que no es, esta búsqueda lo es de la verdad. De la verdad en todos los ámbitos y para cada ámbito. Porque todo, por muy pequeño e insignificante que sea, tiene su propia entidad y su propia verdad.
De todos los filósofos que he estudiado, me hubiera gustado conocer a dos. Es decir, si tuviera una máquina del tiempo, quisiera viajar a través de los siglos para intercambiar cuatro chorradas con dos personajillos: Aristóteles y Kant. No es que los otros no me interesen o no me gusten. Es sólo que me parece que estos serían los más simpáticos. ¿Por qué? Supongo que cada cual se monta su película particular, y en esa película, Aristóteles es un señor sensato, tranquilo, amable y capaz de arrodillarse ante una flor para regalarle unos minutos de su tiempo y su inteligencia. Por eso os invito a todos a acercaros a él. Y creo que este libro de Alfredo Marcos es una buena forma de hacerlo. Si alguien se anima, que lo disfrute.
El rincón Diáfano