Espacio imaginario

Mi madre colecciona cajas. Bueno, en realidad no es una aficción. Digamos que las mesas y repisas de la casa familiar se fueron llenando de cajas y cajitas de todos los colores, formas y materiales sin saber muy bien por qué. De alguna manera yo he recogido la costumbre.
Cuando era pequeña, una amiga de la familia me regaló una caja de madera. Dentro había piedras de colores. Recuerdo especialmente una: pequeña, verde y con pintitas negras. Era una caja estupenda que la pequeña vecina de al lado destrozó al pegar en la tapa unos muñecos de Bola de Dragón que regalaban con las bolsas de patatas. Creo que ese día aprendí lo que significaba la palabra "sacrilegio".
Aparte de cajas en tres dimensiones, tengo una caja especial, también de madera, que no está en ninguna parte y en la que guardo lo realmente importante: a ti, a ti, a ti... y a ti. O lo que viene a ser lo mismo: me guardo a mí. A veces esa caja ha estado demasiado abierta, sin yo quererlo o queriéndolo conscientemente. Llegó el momento de sellarla para que sigamos entrando sin estar a la vista. Porque quiero tener un lugar en el mundo (entiéndase mundo en un sentido muy amplio) en el que nadie juzgue a nadie y que sólo comparta contigo.
De los que no juzgan



