viernes, diciembre 19, 2008

Vidas aparte: Reinventando la Historia. Edición especial dedicada a Diáfano

Hello, hello. Estoy de vacaciones y me voy de viaje mañana mismo. Allá donde marcho es bastante probable que no tenga tiempo para actualizar el blog, así que, posiblemente, ésta sea la última entrada de 2008.
Acabamos el ciclo de 12 meses con una nueva entrega de "Vidas aparte", esa categoría absurda que creé este verano y que tenía bastante abandonada. Esta sección pretende desvelar esos detalles de la vida de otros (personajes de ficción, héroes de leyenda, figurines catódicos) que dan la medida de su auténtica grandeza.
En esta ocasión me gustaría compartir con vosotros nuevos y reveladores datos que nos van a obligar a cambiar las enciclopedias y libros de texto y que darán para muchas tesis doctorales en el plano de la Filosofía. Sí señores, para tanto es la cosa.
1. Según los exámenes de 2º de Bachillerato, Sócrates "afirmó sus teorías y murió en la Guerra del Peloponeso", esto es, entre el 431 y 404 a. C. Debe ser que en plena batalla, le dio por decir aquello de "Sólo sé que no sé nada" más el rollo del intelectualismo moral. El pobre hombre se extrañó muchísimo y, de tanto extrañamiento cayó al suelo, musitó un "muerto he" y estiró la pata. Teniendo en cuenta que
a. Sócrates sólo participó como hoplita en las batallas de Potidea en el 432-430 a. C. (calentamiento de la Guerra del Peloponeso), Delio en el 424 a. C., y Anfípolis en el 422 a. C.; y
b. que Platón, discípulo de Sócrates, nació en el 427 a. C. (aproximadamente),
aquí hay un problema. O Platón era la leche y con sólo 5 años pudo asimilar el pensamiento socrático, o se lo leyó en un libro. Esto último nos lleva a un lío todavía más enorme, porque resulta que de siempre se ha dicho que Sócrates no dejó nada escrito. Era muy suyo.
Otras fuentes apuntan a que Sócrates no murió en la Guerra del Peloponeso. Como toda la vida de dios, murió en prisión tras beber la cicuta. ¡Si es que los griegos tenían clase hasta para eso! Pero no fue la restaurada democracia ateniense quien le mandó a la mierda sino el régimen de los Treinta Tiranos. Pero esto no mola tanto como lo anterior.
2. Según otro examen de 2º de Bachillerato, existe un diálogo platónico llamado "Fedrón". Sí, parece el nombre de un medicamento para la tos. Esto es algo así como el desarrollo de los Dijimon: "Fedón" y "Fedro" diji-evolucionan en "El Fedrón". Me queda la duda de si es un diálogo socrático, de transición, de madurez, crítico o de vejez. Debe ser de los críticos, que son muy retorcidos.

3. El motor inmóvil de Aristóteles, theós para los amigos, es un dios creador al modo cristiano. Me quedo muerta.
4.La Edad Media fue una época marcadamente antropocéntrica mientras que el Renacimiento volvió los ojos hacia lo divino, siendo por tanto una época teocéntrica hasta las trancas. A tomar por saco.
5. Hume creía en el alma y su inmortalidad. No sólo es que lo creyera: podía hacerse ciencia de ello y obtener un conocimiento más allá de toda duda. Interpreto que salió de copas con Descartes.
Juro por la sustancia de Spinoza que yo no he dicho nada de esto en clase.
Bueno, como la cosa va hoy de reinventar no puedo resistirme: tengo que dejar esto. Que lo disfrutéis.

P.D.: si os gustan las navidades, aprovechadlas, que sólo ocurre una vez al año; si os ponen tristes, reíros un montón; y si os dan igual, pues hala. Hasta dentro de poco.

jueves, diciembre 11, 2008

En torno al mal I: Orochimaru

Como ya comenté hace poco, me he vuelto una freak absoluta y estoy enganchada a un anime japonés que se llama Naruto. Bueno, en realidad la cosa ha pasado de ahí y ahora estoy leyendo el manga.
Hoy quiero compartir mis reflexiones sobre la maldad. La verdad, es un tema que me interesa bastante, mire usted, no sé por qué. Y al hilo de un personajillo de la serie me han surgido de la mollera ciertos pensamientos que ahora pongo por escrito.
En Naruto hay muchos malos malísimos, pero el primero de auténtica envergadura en hacer acto de presencia fue OROCHIMARU (a Zabuza no lo cuento).


Orochimaru es un cabrón con pintas que reproduce el mito del científico loco, del hombre que juega a ser dios, del individuo sin escrúpulos que maquina, manipula -genéticamente, si hace falta-, y utiliza al resto para conseguir su objetivo. ¿Y cuál es el objetivo? Acumular poder y, sobre todo, conocimiento; alcanzar la verdad detrás de la verdad. Como eso lleva tiempo, Orochimaru crea una técnica secreta que le permite traspasar su alma a otros cuerpos, escapando así de la muerte y ganándose, si no la eternidad, al menos una prórroga. El chaval cambia de cuerpo como una serpiente cambia de piel. De hecho, "Orochimaru" significa "la serpiente gigante" o "la gran serpiente". Ya sólo nos falta la manzana y tenemos el relato del Génesis. En muchas mitologías, la serpiente es símbolo de conocimiento y sabiduría. Pero el conocimiento, y en muchas ocasiones el ansia desmedida por él, se covierte en un veneno.
Lo que me gusta de este personaje es que no busca ningún beneficio económico con sus fechorías (secuestrar niños y experimentar con ellos; retorcer el alma de la gente; hacer creer a sus subordinados que él y su sueño son su auténtica razón para existir, empujándoles a dar la vida por él), no pretende dominar la naturaleza (meta a la que nos ha llevado el desarrollo científico y tecnológico en la actualidad) ni arrasar el planeta en su conjunto. Él sólo quiere saber qué hay detrás. De puro simple, este deseo es bello, humilde, nada indigno. Pero al convertirse en un fin que justifica todo medio, convierte al sujeto que lo porta en un mal bicho.
Sin llegar a estos extremos, y trasladando la búsqueda de la llave que abre los secretos de la Naturaleza a la búsqueda del cerrojo que abre el alma, Orochimaru me hace pensar en esos momentos de la vida en los que uno se empeña en llegar a la raíz (del dolor, de la soledad, de ese rasgo del carácter que hiere) perdiendo de vista el horizonte. La búsqueda se convierte en un sinsentido. De un tiempo a esta parte creo que esas cosas no se entienden, sino que se comprenden; que no se erradican, sino que se toleran; que no hay que combatirlas sino cuidarlas, como si fueran viejos compañeros.
Naruto