No tiene nombre

Yo tenía una planta. Nunca supe a qué especie pertenecía. Tampoco le puse nombre. Cuando llegó a casa era pequeña y raquítica: cuatro hojas mal dispuestas a lo largo de un tallo endeble. No apostaba por ella ni más ni menos que por ninguna otra. Le compré una mesa para que, al elevarla del suelo, la luz le llegara mejor. Y así empezó a crecer, y a crecer, y a crecer. Fueron nueve meses de brotes, de hojas en alza, de verde intenso. Llegó el verano y se estabilizó. Llegó el otoño y no la transplanté. Tenía miedo de que no arraigara en otra maceta. Y entonces empezó a retorcerse, y el verde se tornó marrón. Ahora me mira desde su mesa. No me dice nada. Nos esquivamos. Ya no es mía, y sólo deseo huir de esta casa para dejarla atrás, en su mesa, mirando al sol. Ningún cambio tiene ya sentido. Y sin embargo... no sé por dónde comenzar la huida.
De los que no juzgan


3 comentarios:
Pues menos mal que no la transplantaste, tiene pinta de ser un árbol... y claro, a los árboles les gusta quedarse en el mismo sitio.
Coge tu petate y disfuta el cambio!!
¿Sabes qué? Tienes razón, toda la razón. Ya he empezado a meter mis cosillas en cajas y a hacer limpieza. Me está costando, pero lo voy a conseguir. Un besazo.
como siga creciendo acabará por encontrate. ¡No importa dónde te escondas!
Publicar un comentario en la entrada